El auditorio estaba lleno, las luces bajaron de tenues a completa oscuridad, empezó un un zumbido grave que se hizo cada vez más envolvente y pudimos ver algunas figuras caminar por el escenario.

El público mexicano es gritón, así que, en el momento que Jónsi fue iluminado por la luz azul del escenario, todos aclamamos emocionados.

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Foto Óscar Villanueva, vía http://www.mehaceruido.com

Conocí a Sigur Rós en la preparatoria, en una de esas tardes con Rafa, mi mejor amigo, en las que me presentaba música indie – under  descargada de plataformas clandestinas. Con él me enamoré de Björk, Yann Tiersen, Cocteau Twins, Dresden Dolls y los hermosos Sigur Rós.

Estos islandeses no suenan como nadie más, su música es pura emoción desbordada. Sus canciones no siguen la fórmula pop de verso, estribillo, coro y repetir, si no que van creciendo para explotar en un final que te revuelca como el mar, en el que sientes toda su alegría, tristeza o enojo.

Si nunca los has escuchado dale play acá, entenderás de lo que hablo.

Rara vez voy a conciertos, me engento fácil, pero esta vez no me importó; la piel se me puso chinita y los ojos se me llenaron de lágrimas en varias ocasiones. Aparte de que me acompañó Juliana, una amiga tan cercana que ya somos familia.

Después del concierto estábamos en trance y lo único que podía decir era “que bonito”. Caminamos por Reforma hasta unos tacos de madrugada y después del primer pastor empezamos a compartir:

“Toca la guitarra con un arco para cuerdas”

“Las luces al ritmo de la bateria, wow”

“Sus canciones son pura emoción, fue hermoso”

Terminamos la noche contentos, prometiendo asistir a más eventos culturales y, por lo menos yo, dormí delicioso.

Muchos amigos son fieles defensores de lo que apenas se acaba de nombrar por científicos australianos, asistir a eventos de música en vivo aumenta el bienestar subjetivo, en otras palabras, te hace feliz.

Melissa Weinberg y Joseph Dawn describieron la relación entre este tipo de eventos colectivos y la percepción propia de felicidad personal. Quien atiende a conciertos, y también quien sale a bailar, declara tener una mayor satisfacción con su vida y da un gran argumento a por qué reuniones así existen desde el inicio de la humanidad.

Algo muy importante es que estas cosas se hacen en colectividad, nos conectan con otras personas y nos ayudan a formar relaciones más íntimas que nuestro cerebro gregario aprecia mucho. Parece que nuestro espíritu comunitario prevalece.

La música es considerada una de las actividades diarias que más disfrute da, personalmente yo prendo la playlist de la semana desde que me despierto y traigo los audífonos durante casi todas las cosas que hago en el día.

Escuchar música puede modificar tu estado de ánimo, relajarte o emocionarte, y traerte memorias; todos hemos experimentado estos efectos, pero hasta años recientes se empieza a entender cómo es que suceden a nivel biológico.

Resulta que cuando escuchamos música, como yo ahorita con Tove Lo, nuestro cerebro libera opioides que nos hacen sentir placer. Lo mismo sucede cuanto tenemos un orgasmo, comemos algo muy rico o tomamos café.

Aparte de esto, Daisy Fancourt y Aaron Williamon descubrieron que atender un concierto en vivo reduce nuestros niveles de cortisol, una hormona relacionada con el estrés.

Aunque el estudio fue relativamente pequeño y la música en cuestión no era demasiado estimulante, todos los participantes presentaron la misma reacción. Sin importar su sexo, edad o qué tan asiduos son a estos eventos, todas las personas involucradas demostraron una baja en estrés a nivel fisiológico.

Parece que su cerebro, y el nuestro también, interpreta un concierto en vivo como una situación segura en la que no es necesaria tener levantadas las defensas. No hay por qué estar tan alertas, preparados para responder a un ataque; estamos entre los nuestros, disfrutando la música que hacen otras personas como nosotros.

De hecho, esa gran diferencia, entre la música grabada y la interpretada en vivo, la percibe nuestro cerebro y es parte de por que estos eventos son tan particulares. Toda nuestra atención está ahí, no es música de fondo mientras redactas otro mail, es EN VIVO.

Sí importa que otros humanos están creando algo mientras nosotros los observamos. Como también importa que estemos con personas en las que confiamos y con quienes tenemos relaciones emocionales mientras atendemos a estos eventos.

La música existe casi desde el inicio de nuestra especie, y ha grabado un lugar muy importante en la manera en la que nos relacionamos con otras personas. La música nos hace sentir, bailar, alabar, relajarnos y recordar.

No hay festejo que no involucre música, desde el primer baile de una pareja recién casada, hasta una graduación o festejo patrio. Es parte de quienes somos y, seguramente, lo seguirá siendo durante el resto de nuestra historia.

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