Hace diez años era un cachetón con brackets, cara grasosa y pelo experimental cortado por mí mismo. No tenía idea del manscaping, así que dejaba que me creciera una mata de cuasi barba, de la barbilla al pecho, que cada semana me quitaba con rastrillo seco. Auch.

Mis elecciones sartoriales eran camisetas rotas y pantalones baggie que debían ser más largos que mis piernas para pisar mientras caminaba y convertir la bastilla en una masa de hilos que dejaban incrédula a mi mamá. Mis tenis, el único calzado admisible, mientras más sucios mejor y los pines y estoperoles en abundancia, por favor.

Mi adolescencia fue un tanto confusa, entre descubrir que ver hombres sin camisa me calentaba las orejas, experimentar con casi todas las variaciones del look emo y sobrevivir la preparatoria en el desierto de la conservadora Torreón, había días que pensaba que nada iba a mejorar.

Agradezco que han pasado los años y cuando veo fotos mías de esa época lo que más siento es ternura. Yo juraba estar muy gordo. Ese era mi gran monotema, “tengo panza y nunca tendré novio”. Muy a la Drew Barrymore en Jamás Besada.

La verdad es que era talla chica, con un cuerpo que nunca había hecho ejercicio y se podía comer una pizza entera. En pocas palabras, estaba fofo y ya.

A los 26 he aprendido a amar mis thunder thighs de herencia danesa, estoy contento con mi talla M e hice las paces con que nunca tendré una barba de leñador. Pero digo todo esto sin nunca haberme cuestionado ser hombre.

El juicio a mi cuerpo me ha llevado a juzgar mi masculinidad. No soy, y nunca seré, un macho. Mi voz es aguda y fresa, estoy caderón y muevo las pompas al caminar, en general soy tranquilo y prefiero dejar pasar algunos problemas en vez de aventarme a los golpes. Aparte de que soy GAY, con mayúsculas y en el extremo de la escala de Kinsey.

Para muchos no soy suficiente hombre, pero mi género es algo de lo que nunca he dudado y, al contrario, estoy explorando deleitado esta nueva masculinidad que es mía y de nadie más.

Todo esto me lleva a preguntarme, ¿cómo se vivirá ser trans?

Las personas transgénero, al contrario de lo que predican unos amargados ávidos de reflectores, no son ningún mito o invento del segundo milenio. Son personas que se identifican con un género diferente al de su sexo biológico.

La verdad es que es un tema que no termino de comprender, así que esto es lo que dice la ciencia*:

Una cosa es el sexo biológico, este tiene que ver con los genitales, cromosomas y hormonas de nuestro cuerpo, pero, no sólo sucede en azul y rosa, se puede dar en un intervalo. De hecho, una de cada 100 personas es intersexual, o sea tiene una mezcla de características sexuales masculinas y femeninas.

Al sexo biológico, se le suma la identidad de género, que es ese sentimiento dentro de ti que dice que eres mujer, hombre, ambos, un género fluido o ninguno. En mi caso, soy cisgénero porque me identifico con el sexo que me asignaron al nacer: hombre.

Se ha observado que el cerebro de las personas trans se parece más al de las personas con las que se identifican a nivel género que a nivel biológico. La verdad es que cada quien experimenta el género de manera diferente e individual.

Esto nos lleva a la expresión de género, que es la forma en la que nos vestimos, hablamos, comportamos y otros signos externos.

Por ejemplo, traigo el pelo largo, característica completamente normal dentro de mi familia y en esta ciudad, pero hace unas semanas estuve en una pequeña comunidad del norte y la gente me veía mucho. Las características que definen un género de manera externa cambian entre culturas.

La humanidad

Siempre han existido personas que no se identifican con el sexo que se les asignó al nacer. En México las muxes son famosas al figurar dentro de las tradiciones zapotecas desde hace siglos; nacieron con pene, pero se visten en ropa de mujer porque ese es el género con el que se identifican, participan en rituales sagrados y actividades domésticas, si se casan lo hacen con hombres cisgénero.

En otros países existen las fa’afafines, los bissu en Polinesia, los príncipes Kotoko de África, las Kadesah, las huxuxana dentro de los Cheyenne, los chamanes del Mohave, los Lache en Colombia, entre muchos, muchos más**. Personas que han visto el género como un espacio para navegar, no una casilla estática, dentro de culturas que les ha permitido expresarse como lo deseen.

Resulta que el género es un espectro, así como la identidad sexual, la altura, el peso, el largo del cabello y todas las características humanas. La naturaleza se expresa en gradientes, nunca en divisiones determinadas, y eso se refleja en quienes somos.

El pasado viernes fue el Día de la Visibilidad Trans y por eso me inspiré para escribir este artículo. Admito que la primera vez que escuché sobre géneros no-binarios me costó mucho seguir poniendo atención, porque sí es algo muy diferente a lo que he experimentado toda mi vida. Pero eso no me quita la posibilidad de educarme sobre el tema, de regresar a la base de que todos somos humanos, que hay personas diferentes a mí y que podemos, de verdad, vivir en armonía.

Realmente lo que nos hace fuertes como especie es la diversidad que experimentamos. Es lo que nos sacó de las cuevas y construyó gigantescas ciudades, es lo que nos ha dado tanto conocimiento e historias inspiradoras. Somos una especie destructora, que ha arrasado con este planeta, pero también podemos inventar, imaginar, maravillar y tomar la decisión de ser mejores.

Las personas trans tienen más riesgo de suicidarse en la adolescencia y de ser asesinadas sólo por no parecerse a la mayoría. Tal vez tú, como yo, nunca te has cuestionado si sí eres hombre o mujer; tal vez, como en todas las series y películas que viste al crecer, te gustan las relaciones heterosexuales; tal vez, caes dentro de la mayoría y que padre, pero no contribuyas a que se viva más dolor en el mundo sólo porque no todos somos como tú.

Y si tú te has cuestionado tu género, o lo sigues haciendo, somos muchos los que te acompañamos con el corazón. Eres valiente y estás cambiando al mundo. Prometo continuar con mi parte para que este cambio siga y en mí siempre tendrás un aliado.

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Foto mariposa: J.D. Weintraub/ANSP Entomology

*Replantearse el género. Robin Marantz, enero 2017. National Geographic en Español.

**Siempre hemos existido. Gretti Cocha, 2016. Exposición Lo que se ve no se pregunta. Centro Cultural España. Ciudad de México.

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