La semana pasada conocí Paquimé, ruinas de una civilización que vivió en el desierto chihuahuense hace casi mil años. El lugar es hermoso, no por nada es patrimonio de la humanidad, y me atrevo a decir que mágico.

Entre sus paredes de adobe, desgastadas por el viento y la lluvia, no dejaba de pensar en los astrónomos y chamanes del pueblo. Personas que pisaron los mismos caminos que yo recorrí y ayudaron a sus vecinos en combatir las fuerzas del mal, o como las conocemos ahora, sequías, infecciones y hambruna.

Estas personas fueron los primeros científicos de nuestro país, al igual que otros chamanes, brujas y hechiceros de civilizaciones prehispánicas. Pero mi enfoque está en ellos por que no es nada fácil vivir en el desierto.

Cuando vivía en Torreón, Coahuila, negociaba trabajar en casa en vez de ir a la tienda de la esquina por tortillas antes de la comida. Lavar los platos, trapear, bañar al perro, cualquier cosa en casa era mejor que salir al sol de medio día.

Al aventurarte al exterior, lo primero que te envuelve es la luz tan brillante en la que, aún con lentes oscuros, tienes que entrecerrar los ojos. Casi instantáneamente después viene el calor: súbito y total, como si de repente te metieran en un horno.

Torreón no se acerca a los 70º C que experimentó en el 2005 el desierto de Lut en Irán, pero 48º C siguen siendo, en el mejor de los casos, incómodos.

Igual que lo hicieron los paquimenses, los humanos contemporáneos en estas latitudes seguimos a la sombra y la vida se hace de noche. Buscamos casas de techos altos, hacemos represas para captar el agua y nos dormimos cerca del piso, que siempre es más fresco.

Los animales desérticos hacen madrigueras, buscan cuevas y recovecos, o de plano hibernan hasta la siguiente lluvia. Nosotros, queriendo imitarlos, inventamos el aire acondicionado, los vidrios entintados y la cantimplora; cada organismo tiene su estrategia, que usualmente significa buscar refugio en la oscuridad.

Menos las plantas, ellas se han adaptado a vivir bajo el rayo del sol.

Para asegurar su supervivencia muchas plantas han desarrollado hojas grandes ya que, mientras más superficie, más luz pueden captar, pero también pierden más agua por transpiración. Esto no es tan problemático si estás en una selva tropical, pero en el desierto la deshidratación es letal.

Aquí en América tenemos a los cactus. A través de una historia evolutiva de unos 35 millones de años, los cactus han desarrollado un súper tronco gordo, resistente y sin hojas. La evolución las convirtió en espinas, endureciéndolas para que no perdieran agua y, de paso, consiguiendo una defensa contra predadores.

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Cactus. Stenocereus heptagonus

Por esto, el tronco de los cactus es (casi siempre) verde, ahí convierten la energía solar en química y su forma tubular les permite captar la luz desde cualquier ángulo.

Esta forma también les permite almacenar mucha agua: hasta el 90% de su peso. Lo que significa que un Saguaro grande puede acumular una tonelada de líquido, o 1,018.32 litros.

Como las lluvias son tan escasas en el desierto el suelo no alcanza a mojarse mucho, pero estas plantas tienen un tipo de raíces que están muy cerca de la superficie y son muy delgadas, así que pueden absorber desde las primeras gotas y no necesitan mucha energía para crecer, permitiendo que en una buena época puedan extenderse un par de metros y después secarse sin perjudicar al organismo.

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Ocotillo. Fouquieria splendens

Otras plantas, como el ocotillo, han desarrollado ramas que se extienden como los rayos de una estrella hacia el cielo. Así, cuando llueve, las escasas gotas escurren por sus troncos hasta llegar a un mismo centro, desde el cual se hidratan.

Los nopales rastreros crecen al ras del piso, y sus tallos forman barreras que permiten que la lluvia se encharque, el suelo se sature de agua y tengan una pequeña reserva subterránea a su disposición.

En el desierto la sequía es inevitable, por lo que los cactus también han desarrollado estrategias para reaccionar ante ella. Su tronco tiene pliegues llamados costillas, cuando no hay agua disponible y la planta empieza a secarse, éstas permiten que reduzca su volumen sin lastimarse. Cuando vuelve a llover, el cactus puede capturar más agua y ensancharse sin problema, como origami.

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Dudleya britnonii

Muchas otras plantas han desarrollado adaptaciones al desierto: el Mezquite tiene raíces profundísimas que llegan hasta mantos acuíferos; la Rosa de Jericó puede secarse completamente y permanecer así años, pero cuando se humedece recobra su verdor en pocas horas; la Dudleya de Britton tiene la cera que mejor refleja los rayos UV entre todas las plantas; la Lechuga de Gis (otra Dudleya) recubre el suelo debajo de ella con una cera gruesa que evita que el agua se evapore y así poder absorberla mejor.

Estas plantas, junto con los cactus, se llaman xerofitas, o sea que les “gustan” los ambientes secos y se han adaptado a ellos. Como ellas también hay mamíferos, reptiles, aves, anfibios, insectos, bacterias, hongos y algas “amantes” de lo seco.

El éxito de los paquimenses en el desierto, al igual que el de algunos nopales, está en que desarrollaron un sistema de represas que venía desde la sierra y les permitía mantener albercas de agua limpia a pocos metros de sus casas. Esto les permitió desarrollar cultivos, criar animales y posicionarse como uno de los centros comerciales más importantes del continente.

Su vida no era sencilla, requería mucho esfuerzo y dedicación mantenerse en un lugar tan extremo, pero estoy seguro que ellos también se enamoraron del desierto y lo consideraban su hogar.

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Paquimé, Patrimonio de la Humanidad. Casas Grandes, Chihuahua, México.

Este artículo es una revisión de Atrapados bajo el sol, que escribí en diciembre de 2014.

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