Imagina nuestro planeta hace unos diez mil años y que tú eres parte de una naciente civilización. Pasas tus días entre pastizales y arbustos, tus únicos límites te los ponen tus pies, conoces a todos los animales que habitan desde aquí hasta el horizonte y también a todas las plantas que están bajo el firmamento.

En esta gran libertad, te diste cuenta que las plantas crecían de semillas, y que si plantabas y regabas esas semillas, en unos meses podrías cosechar comida. Seguro al principio no fue sencillo, no todas las semillas crecían o los cultivos se inundaban y morían, pero poco a poco le fuiste agarrando la onda.

Conociste qué semillas crecen más rápido, qué tipo de cultivos son más fáciles de cuidar, te aventuraste a plantar un árbol y esperaste paciente varios años hasta que pudiste subirte a él para recolectar frutos deliciosos.

Pero esto no vino nada más de conocer bien a las plantas, también necesitaste observar las estrellas. Te diste cuenta que cuando los astros se movían de posición en el cielo, el clima también cambiaba; a veces indicaban la época de crecida del río, a veces venían nevadas y, en el mejor momento del año, la cosecha.

Usaste dos características padrísimas de los seres humanos, nuestro cerebro es curioso y reconoce patrones. Así que viste constelaciones, les pusiste nombre y las seguiste noche tras noche, pacientemente observando como deambulaban por el cielo.

En resumen, inventaste la agricultura, sentaste las bases para la astronomía y, por si fuera poco, sin proponértelo, te convertiste en una de las primeras científicas de nuestro planeta.

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La ciencia no es una labor misteriosa, realizada por personajes tétricos en laboratorios lúgubres o torres de marfil inalcanzables, es una forma de observar el mundo a nuestro alrededor.

En palabras de mi adorado Carl Sagan, “Más que un conjunto de conocimientos, la ciencia es una forma de pensar.”

Y con esta forma de pensar nos cuestionamos lo que percibimos de nuestro entorno, porque a veces nuestros sentidos no son tan confiables. Entonces buscamos aplicar un método, repetir observaciones, comparar resultados. Para mi hacer ciencia es como hacer arte, dos actividades que reflejan nuestra humanidad.

Culpo al sistema educativo por convertir la palabra “ciencia” en un término meritorio de voltear los ojos y tener un escalofrío de repulsión. La “ciencia” se convierte en memorizar datos sin contexto, para responder exámenes con lápices del dos y obtener un número que realmente no representa quien eres, pero con el que, mientras más alto sea, dizque te va a ir mejor en la vida. Mentiras.

Culpo a todos y todas los y las maestros y maestras que han hundido la curiosidad de millones de personas en un mar de tareas, discursos memorizados, honores a la bandera y uniformes fajados.

La ciencia es la que nos ayuda a entender cómo es que, mientras lees esto, estamos viajando a través del universo, en uno de los brazos de nuestra galaxia, viendo la luz de estrellas que ya murieron, liberando oxitocina en nuestro cerebro cuando ves a esa persona que te hace sentir mariposas, interpretando vibraciones en el aire como el canto de los pájaros, surfeando en un mar de magma sobre placas tectónicas, respirando oxígeno y haciéndolo llegar a todas nuestras células gracias a nuestros glóbulos rojos.

La ciencia da luz a los secretos de nuestra existencia, nos ayuda a entender quienes somos y nos ayuda a convertirnos en quienes queremos ser.

Algo padrísimo de la ciencia es que es rigurosa, puede demostrarse falsa y cambiar si es necesario. Nada en la ciencia está escrito en piedra, a cada rato se comprueba que tal teoría no funciona y se propone una nueva que se adecua mejor a la evidencia reciente.

Imagínate que esa flexibilidad y adaptación la tuvieran cosas como la política o la religión. La capacidad de admitir que se equivocaron y buscar una nueva y mejor forma de hacer las cosas.

Es triste que haya personas en contra de maravillarse con los misterios del mundo, y que tengan tanto miedo a aprender algo diferente, que empezaron una guerra contra la ciencia. En un mundo que está en constante cambio, estas personas buscan la permanencia, principalmente de sus negocios, pero también de sus creencias.

Hombres y mujeres que luchan contra los derechos de la comunidad LGBTI+, quienes dicen que el cambio climático es mentira, quienes creen que las vacunas son peligrosas, que usan el término “feminazi”, dicen que la evolución es un mito, se aferran al uso de un carro, a tirar basura en la calle, a desperdiciar el agua, a curar enfermedades con chochitos de azúcar y creer más en lo que alguien dice que dicen unas cartas que a hacerse responsables de sus vidas. Personas que proclaman que la investigación es una pérdida de tiempo y de dinero.

¿Qué pruebas tienen? ¿Cuál es su argumento más allá de sentir amenaza ante algo diferente?

Esta es una batalla que se ha luchado desde antes de que se nos ocurriera ser agrícolas y estudiar las estrellas. Parece que es inherente a nuestra especie aferrarnos a nuestras creencias y, seguramente, esta característica nos ha ayudado a construir la gran civilización que hoy habita el planeta.

Pero, si existe una forma de estudiar la evidencia y tomar decisiones más acertadas, ¿no nos convendría hacer un esfuerzo por usarla?

La ciencia no es perfecta, tampoco quien la ejerce, pero ese nunca ha sido el propósito. Quienes estamos enamorados de la ciencia solo queremos aprender más, conocer qué hacemos aquí y tener la información necesaria para hacer mejores elecciones. Buscamos la verdad, aunque a veces no nos encante lo que encontramos, porque es mejor una ligera certeza que darle la razón a la oscuridad.

Creo que esa debería de ser una prioridad para todos los humanos, buscar la verdad aunque no nos guste; en vez de querer hacer que los hechos se acomoden a nuestras creencias, adaptarnos a la evidencia. Al cabo que esa forma de pensar es la que ha generado el mundo moderno que hoy habitamos, es lo que nos trajo la rueda, el jabón, la penicilina y los iphones. Y, seguramente, es la que nos va a salvar de los retos que nos ponga el futuro.

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