Mi celebración favorita de todo el año es el día de muertos. Para quien no sea de México, cada 2 de noviembre celebramos a nuestros difuntos con una fiesta nocturna llena de color, flores y comida. A veces celebramos a los muertos de otros, como en mi primaria que le hicimos un altar a Lady Di.

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La muerte me da miedo. Desde que era niño y no la entendía, hasta ahora que me acongoja cada que se descubren fosas clandestinas y sucede entre olas al otro lado del mundo, nunca he dejado de pensar en ella.

A los siete años tenía pesadillas sobre lo indiferente del universo ante la vida, luego me obsesioné con el cine gore, leía a Baudelaire y Kill Bill se me hizo un poema. La muerte asecha.

Sin embargo, la noche del día de muertos los esqueletos son más festivos que una piñata, no están ahí para asustarnos. Quieren que nos acordemos con sonrisas de los que ya se fueron y divertirnos un rato todos juntos. Los panteones se llenan de papel picado, las lápidas son la mesa para la cena y todo huele a cempasúchil, mi flor favorita.

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Escribo esto y me doy cuenta que A) desde niño soy medio peculiar, y B) siempre he buscado un consuelo a la muerte. Festejar el día de muertos es de lo mejor que hay. Todos nos vamos a morir, así que mejor bailar.

Pero esto es un blog de ciencia, no mi cita semanal con el analista. Así que veamos la muerte en números:

El año pasado, en México murieron 633,641 personas, en el mundo 55.3 millones, desde que empezaste a leer este artículo unas 105 dieron su último aliento.

Estas cifras, sorprendentes y posiblemente acongojantes, palidecen al ver la historia completa de la humanidad con 108 mil millones de nacimientos, según un cálculo del 2011. Restando los 7 mil millones que estamos vivos en este momento, 101 mil millones de personas han muerto desde el nacimiento de los primeros humanos hace 50 mil años.

Esas son 101, 000, 000, 000 muertes. La angustia del inminente fin, el destino ineludible, el torbellino de la única certidumbre. Le gente se muere.

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Aunque las magnitudes parezcan inimaginables, cifras así de mortuosas están dentro de nosotros a diario. El adulto promedio pierde unos 50 mil millones de células cada día. La esperanza de vida es de 77 años para los mexicanos, eso significa que más de un trillón de células morirán dentro de nosotros hasta que nuestro corazón deje de latir. Aproximadamente 1,405,250,000,000,000 células.

Sin embargo, con tanta muerte dentro, muchos han logrado vivir 77 años y más. Mi bisabuela murió a los impresionantes 97 años, después de huir de una guerra, casarse cinco veces y verse fabulosa en su peluca pelirroja.

578,703 células mueren cada segundo dentro de mi mientras estoy escribiendo estas líneas. Puff, otras 578 mil camino a ser digeridas por mi sistema inmune.

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Aún más mórbido es que toda esa muerte celular, es realmente suicidio programado. Woody Allen necesitaría un calmante a esta altura. Prácticamente cada célula en nuestro cuerpo tiene una fecha de caducidad escrita en su código genético; cuando ese momento llega es la misma célula la que activa procesos para encogerse, fragmentarse y decaer.

Esta no es una rara patología que aqueja a toda la humanidad, si no una estrategia de nuestros cuerpos para mantener un equilibrio en los números de células existentes en cada tejido. Y la gran ventaja es que todas esas muertes son reemplazadas por nuevas células en una tasa de casi uno a uno. La muerte es funcional.

El proceso se llama apoptosis y es gran parte de nosotros desde que somos concebidos. Los espacios entre nuestros dedos se crean así, también la línea que divide nuestros párpados. Cada día miles de células desarrollan mutaciones peligrosas y son destruidas a través de este mecanismo.

La muerte es parte de la vida, y hasta necesaria para que la vida siga.

Aunque a muchos les parezca desagradable, nos alimentamos de cosas muertas a diario. Nosotros y casi todos los demás seres vivos. Millones de organismos usan la muerte de otros a su favor, desde los hongos que prosperan en cadáveres, hasta la mosca que deja sus larvas en un todavía cálido difunto.

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Eso no le quita lo intimidante a la muerte, pero a mis ojos sí la hace menos misteriosa. La muerte es cotidiana y a todos nos va a pasar. Lo encantador es que hoy, los mexicanos, la festejamos con flores, calaveras de azúcar y papel picado. Tal vez es por que nos gusta hacer fiestas de todo, o tal vez es por que los miedos son menos cuando te diviertes con ellos. La verdad es que no importa mucho la razón, así que saludemos a la catrina y salgamos a bailar.

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