Mañana cumplo años, un cuarto de siglo para ser ostentosos. Mis amigos de más de 35 me dicen que soy un exagerado, pero los que tienen mi edad entienden perfecto por lo que estoy pasando, la crisis de los 25 está muy confusa. No he logrado ni la mitad de las cosas que quiero, aunque lo que quiero ha cambiado mucho en los últimos cinco años.

Es una fecha rara, el año pasado me encantó por que cumplí 24 el 24, pero ahora tendré 25 el 24 y como que no coordina. Ya casi tengo un cuarto de siglo en este planeta, bueno eso y nueve meses más si contamos la gestación. Y sí, ¿no? ¿Empecé a ser yo desde que nací? ¿No era yo antes? Me gusta que se considere a un ser humano una persona a partir de los tres meses de gestación, cuando desarrolla un sistema neurológico, pero también me gusta pensar que por un rato fui una sola célula y ya era yo.

Según la neurociencia, los 25 años son el borde entre la adolescencia y la adultez. Mi cerebro dejará de crecer y desarrollarse, sé seguirán formando nuevos puentes sinápticos pero no a la misma tasa que antes. De seguro no sentiré ninguna diferencia, pero está padre pensar que sigo siendo un adolescente, la palabra “adulto” me da repelús, está llena de exigencias.

El recuento del año 24 es bueno: unos meses de amor, volver a escribir, redescubrir lo mucho que me gusta, viajar, conocer nuevos amigos, hacer amigos de conocidos, mi primer año con mi gato, una cirugía, conciertos, cine, libros, mucha bicicleta y muchísimo más café. 365 días de los que casi no me acuerdo, pero sé que en cada uno de ellos dormí y desperté, fui al baño, me dio hambre, me sentí activo y estuve cansado.

Mi organismo siempre respondió con los mismos impulsos, mi reloj biológico lleva 9 mil 124 días de experiencia indicándole a mi cuerpo cuándo tiene que hacer lo que tiene que hacer.

Pon un dedo índice entre tus cejas, en ese bonito espacio llamado glabela, ahora pon tu otro dedo índice en una de tus sienes. Imagina dos líneas saliendo de la punta de tus dos dedos, en el lugar donde se cruzan está tu reloj biológico o núcleo supraquiasmático, un cúmulo de neuronas que se llama así por que está situado sobre el quiasma, el punto donde se cruzan nuestros nervios oculares. Mide más o menos lo que la cabeza de un alfiler, es del mismo tamaño para hombres y mujeres, y controla los tiempos de nuestro cuerpo. No es coincidencia su ubicación, está íntimamente relacionado con la visión ya que la luz es su estímulo principal, como el de casi todos los seres vivos.

La Tierra ha pasado por muchos cambios, eras de hielo, atmósferas ricas en gases que hoy nos matarían, inversión de los polos magnéticos, inundaciones, entre muchas otras cosas, pero siempre ha dado vueltas sobre si misma y alrededor del sol. Siempre ha habido un día y una noche. Así que la vida se adaptó a este ritmo y desde los primeros organismos, la luz ha funcionado como la señal más fuerte para indicar cómo se encuentran las cosas ahí afuera.

Para los animales diurnos, como nosotros, esto es muy evidente, el día empieza cuando sale el sol y se acaba cuando oscurece, o unas 5 horas después de eso en mi caso. La ausencia de luz también es una señal, mi cansancio aumenta, mi energía y temperatura empiezan a bajar, mi cuerpo se prepara para dormir, pero mi gato empieza con sus asuntos, primero se despabila de estar todo el día dormido en el clóset, se estira, mordisquea alguna planta, come y me trae sus juguetes para que cumpla mis responsabilidades de entretenerlo.

Hay casos muchos más específicos, en los que la señal es la transición entre luz y oscuridad, como el de los mosquitos que son crepusculares por que sólo salen al atardecer, y el de otros insectos que se los comen e igual sólo cazan a esas horas. Son sistemas precisos, como una obra de teatro en el escenario, las presas y los depredadores salen al mismo tiempo a escena.

Muchas veces, a estos ritmos biológicos los comparan con relojes suizos por su precisión. Haz memoria de la hora a la que has ido al baño en la última semana y verás que casi siempre es la misma. Sin embargo, si nuestro reloj interno fuera un reloj suizo, no tendría manera a adaptarse a los cambios externos como las estaciones, los días más cortos del invierno y el jet lag.

En México el cambio estacional casi no se nota, en verano llueve y en otoño empieza el frío, pero estamos muy cerca del ecuador como para que realmente nos afecte que los días duran menos. Cerca de los polos los inviernos son obscuros y los animales que viven ahí tienen estrategias para sobrevivirlos como engordar, migran o hibernar. Pero no hacen esto por que un día se les ocurrió, su reloj interno se adapta a que cada vez hay menos luz, entonces sus ritmos biológicos no sólo dependen del día y la noche, si no de todo el ciclo estacional del año.

Un organismo puede tener varios tipos de ritmos, por ejemplo las mujeres tienen un ciclo circadiano, que sigue la noche y el día, pero también uno circalunar: el de la menstruación, que más o menos dura 28 días como el de la Luna. Sin embargo, muchas amigas me han contado que cuando viven con otras mujeres sus ciclos se sincronizan y es por que la luz no es la única señal que sigue nuestro reloj, en este caso es una mezcla de hormonas e interacción social que lo modifica.

Otro caso es el de los cangrejos que viven en la playa, estos obedecen a la subida y bajada de las mareas. Las siguen a tal grado que sus ciclos se llaman circamareales, todo su organismo se sincroniza a la variación del nivel del mar. Las plantas también tienen ritmos que obedecen señales de luz, estaciones, lluvias y de sus polinizadores. No hay organismo vivo que no se sincronice a algo externo, es la manera más práctica de adaptarse a lo que vendrá. Por eso digo que no tenemos relojes suizos, nuestro cuerpo es más complejo que eso.

Me la pasé estudiando los ritmos biológicos por los últimos dos años de la carrera y lo que me quedo claro es que la vida tiene una gran capacidad de aprovechar lo mejor que puede el medio donde está. Estas son características que se han desarrollado por millones de años y siguen cambiando. Mientras lees esto especies se extinguen y surgen otras nuevas, mejor acopladas a un ambiente que cambia con el calentamiento global, que buscan cazar más presas y sus presas ingenian mejores maneras de no ser la cena del día. Y toda la vida se mueve según el compás de cada organismo.

Así que, sí, los 25 suenan raros, pero me encanta saber que soy el resultado de miles de mutaciones que se pueden rastrear hasta la primera célula que surgió en el mar primitivo de este planeta, que el tiempo seguirá pasando y mi cuerpo acoplándose a el, que soy parte de un mundo vivo. Adelante al cuarto de siglo y a la madurez cerebral, adelante a seguir creciendo y todo lo que la vida me concederá.

Feliz cumpleaños a mi.

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One response to “La vida después de los 24

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