Vistiendo el futuro

Es un poco gore la historia de la ropa. Hace millones de años, nuestros ancestros cazaron un mamut y se pusieron su piel encima. Espero que aunque sea la hayan dejado secar al sol unos días. La premisa de El Silencio de los Inocentes se me viene a la cabeza, aunque no creo que Jodie Foster haya pensado en la coincidencia antropológica.

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De ahí las prendas se diversificaron a cosas menos sangrientas pero muchas igual de raras. El usar fibras vegetales no se me hace tan peculiar, aunque  me asombra que a alguien se le haya ocurrido el tejer, pero la seda es toda otra historia. Me lo imagino algo así: hace varios milenios un chino paseaba tranquilo por su jardín cuando vio a unas orugas envolvíendose en una sustancia pegajosa que salía de su boca y dijo “¡eso se me vería divino encima!”.

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Hacer seda no es fácil, primero tienes que recolectar muchísimos capullos (que es donde se envuelve la oruga para hacer metamorfosis), de 5 mil a 7 mil 500 para un kilo de la tela. Aparte, las orugas tienen que estar vivas durante la recolección y te toca matarlas, ya sea con agua hirviendo o al vapor. Esto para evitar que las polillas al salir dañen la fibra. Lo bueno es que te quedan muchas orugas cosidas que pueden ir directo al wok, una sopa o con salsa teriyaki para botana.

Una vez que tienes tus capullos vacíos, sigue desenredarlos. Cuando las orugas se envuelven, lo hacen produciendo un delgadísimo hilo de seda de varios kilómetros de longitud que, si todo sale bien, es continuo. Entonces, cada capullo se debe de desenredar con mucho cuidado y con un tipo de rueca hilarlos en una hebra con la que se pueda tejer. Resulta que la seda sí se ve divina, aparte de que es una de las fibras naturales más fuertes y delicada con la piel, por lo que la pueden usar personas con irritaciones cutáneas y eczema.

Las orugas no son las únicas que producen seda las arañas también lo hacen, aunque a partir a una proteína muy diferente. De hecho, pueden producir hasta siete tipos diferentes de seda, cada una con funciones específicas como cazar, proteger a sus huevos, hasta suspenderse o transportarse. Evidentemente a alguien le pasó lo mismo que al chino milenario, en este caso a un francés que en 1880 que desarrolló una técnica para ordeñar arañas (sí, la palabra es ordeñar), en especial a la araña de seda de oro que vive en Madagascar.

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Entre el 2005 y el 2009 se revivió esta técnica y se ordeñó la seda de casi un millón de arañas para construir un, no sé que es así que le diré poncho, que es cómodo, elástico e igual de resistente que el kevlar.

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Luego llegó la revolución industrial y con ella los textiles sintéticos. Aparte de la moda, los humanos también amamos el plástico así que no fue una combinación tan inesperada. El poliéster, nailon, elastano y otros más, abrieron un abanico de posibilidades, tanto para la industria como para vestir. Mezclas de estos materiales con fibras naturales mejoraron propiedades de la ropa, como la elasticidad e impermeabilidad, y se descubrieron otras características como resistencia al fuego, al ataque de polillas y a las manchas indeseables. Sin embargo, como estas fibras vienen de combustibles fósiles, su producción genera fuertes efectos ambientales.

Actualmente, la moda está regresando a los textiles naturales, favoreciendo principalmente el algodón. Aunque hay ejemplos más innovadores y peculiares como el de Erin Smith que cultivó su vestido de novia con una mezcla de levaduras, bacterias y té verde. En contra de gastar 10 mil dólares para un vestido que solo iba a utilizar una vez, esta artista creó una prenda completamente biodegradable que después de usar servirá como fertilizante para su jardín. Aparte de que no generó huella de carbono en su creación, ya que no hubo necesidad de transportarla y utilizar combustibles fósiles en el camino.  Lo mejor de todo es que puedes seguir su ejemplo

Otro caso es el de Philipp Stössel, que volteó a ver los desechos de un matadero para hacer un textil suave y acogedor, que mantiene el calor pero deja a la piel respirar. Así que al calentar y centrifugar gelatina proveniente de la piel de cerdo (mmmmm, chicharrón con guacamole), consiguió fibras que se pueden tejer y guardan tan bien el calor como la lana.

Tenemos muchas opciones para vestirnos hoy, aparte de todas las que se avecinan como las telas inteligentes integradas con sensores para medir nuestros signos vitales, pero ese es otro tema de tecnología y moda. Por mientras, ¿tú te pondrías una chamarra hecha a partir de hongos o un sweater que viene de la grasa de un cerdo? Tal vez esta es la solución para vestir a 7 billones de humanos, o tal vez sólo se quede en experimentos de pasarela.

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