Mocos y chocolate

                                                                                                      

“Me voy a comprar un pasamontañas”, pensaba mientras dejaba la bicicleta en la estación, “Me harta usar pasamontañas” completé titiritando. 
Traía ropa térmica, sweater, chamarra, guantes, bufanda y me seguía congelando. Ser ciclista en invierno no tiene tanto caché, pero sigo prefiriendo la bici que el metro.

Corrí hacía la cafetería más cercana, agradecí la calefacción y me dispuse hacia la barra donde ordené un chai y el pedazo más grande de pastel de chocolate.
Me distraje leyendo un folleto sobre los diferentes tostados del grano de café, y no me di cuenta de las millones de partículas de saliva que salieron expulsadas a 45 metros por segundo de la boca del barista y rociaron mi pastel. “¡Salud!”, balbuceé inmerso en las diferencias entre un tostado canela ligero y uno ciudad pleno (el segundo es más amargo).

Poco sabía yo de este individuo, y mucho menos del virus que se alojaba en su organismo, el cual lo estaba combatiendo con fiebre y escurrimiento nasal mientras cumplía la cuota de trabajo.
Me entregó la orden, la consumí con placer y dos días después me encontraba en cama a mitad de la noche bañado en sudor y con escalofríos. Me había contagiado de influenza estacional.
A partir del momento que tuve contacto con el delicioso pastel de chocolate obscuro, tres pisos, bañado en salsa de zarzamora y relleno de ganache, el virus entró en mi cuerpo.

La semana había estado pesada. Dos presentaciones con clientes potenciales, traducciones de emergencia y la nueva temporada de “RuPaul’s Drag Race” llegando a Netflix, resultó en pocas horas de sueño y un sistema inmune vulnerable.
El habilidoso virus tomó esta condición a ventaja. En otra situación mis células macrófagas hubieran sido suficientes para evitar la propagación del intruso. Estas células viajan por el organismo engullendo cualquier amenaza y desintegrándola en pequeños e inocuos pedazos.

Pero esto no fue suficiente, entonces, el virus se fijó en la membrana de las células que forman la mucosa de mi garganta y las engañó para entrar en ellas. Una vez ahí expulsó su cadena de ARN, pedazo de material genético que lleva encriptada toda la información necesaria para convertir a mis células en fábricas de copias de él mismo al por mayor.

El ARN viral entró a mi núcleo celular y después de unas seis horas, las células que tuvieron contacto con él, habían producido miles de virus listos para el ataque. Todos capaces de infectar al resto de células que conforman mi mucosa respiratoria. Este proceso continuó por otras 48 horas, durante las que los síntomas fueron apareciendo.

La mañana siguiente abrí el ojo solo para pensar que no debería de haberlo hecho. Todo el cuerpo me dolía, la luz me irritaba y estaba de malas, decidí dormir. Tomé dos pastillas para la fiebre, un vaso de agua y regresé a la cama. No salí de las cobijas hasta 18 horas después y solo para ir al baño.

Como los virus se alojan dentro de nuestras células, es muy difícil combatirlos sin dañar al cuerpo. Lo bueno es que nuestro sistema inmune tiene un arsenal preparado para el contraataque: un ejército de interferones, que son los héroes de la película. No tanto como James Bond, si no como Jean Grey en X2.
Los interferones son proteínas producidas por nuestro sistema inmune que se unen a la membrana de las células infectadas, impidiendo que sigan replicando el genoma del virus. Son paros de emergencia, que aparte sirven como luces de neón para que las macrófagas se unan a la fiesta y se coman a todos.

Aparte de sacrificarse por el bien común, estas proteínas incrementan la capacidad de las células sanas para resistir a nuevas infecciones virales. Lo malo es que su producción conlleva dolor muscular y fiebre.

Por eso, para la gripe común, solo necesitamos medicina para calmar los síntomas, nuestro cuerpo ya está haciendo la parte más pesada de la chamba. Aunque nunca están de más lo apapachos.

En mi caso, el gato no se preocupó por hacerme caldo de pollo, como lo hacía mi mamá, pero me sentí un adulto realizado cuando pedí una sopa Won Ton a domicilio (por internet y con la tarjeta de crédito). Me supo a gloria.
Después de tres días me aventuré a la regadera y, una semana después, me sentía de regreso con los vivos como Buffy, en el final de la primera temporada, pero sin mucho antojo de pastel de chocolate.

José Gotés Cano

Foto de tarale.

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