Atrapados bajo el sol

Cuando vivía en Torreón, Coahuila, negociaba trabajar en casa en vez de ir a la tienda de la esquina por tortillas antes de la comida. Lavar los platos, trapear, bañar al perro. Cualquier cosa en casa era mejor que salir a medio día al sol del desierto. 

Al aventurarte al exterior, lo primero que te envuelve es la luz tan brillante en la que aún con lentes oscuros tienes que entrecerrar los ojos. Casi instantáneamente después viene el calor: súbito y total. Como si de repente te metieran en un horno. 

Torreón no se acerca a los 70º C que experimentó en el 2005 el desierto de Lut en Irán, pero 48º C siguen siendo, en el mejor de los casos, incómodos. 

Igual que los animales adaptados a la vida en el desierto, los humanos en estas latitudes seguimos a la sombra y la vida se hace de noche. Inventamos el aire acondicionado, los vidrios entintados y la cantimplora; los animales desérticos hacen madrigueras, buscan cuevas y recovecos, o de plano hibernan hasta la siguiente lluvia. 

Cada organismo tiene su estrategia, que usualmente significa buscar refugio en la oscuridad. Menos las plantas, ellas se han adaptado a vivir bajo el rayo del sol. 

Aquí en América tenemos a los cactus. A través de una historia evolutiva de unos 35 millones de años, los cactus han desarrollado un súper tronco gordo, resistente y sin hojas. 

Las hojas son muy buenas para la fotosíntesis, proceso con el cual obtienen energía. Para asegurar su supervivencia muchas plantas han desarrollado hojas grandes ya que mientras más superficie, más luz pueden captar, pero también pierden más agua por transpiración. Esto no es tanto problema si estás en una selva tropical, pero en el desierto la deshidratación es letal.

La evolución le quitó el poder fotosintético a las hojas de los cactus y las convirtió en espinas, endureciéndolas para que no perdieran agua y, de paso, consiguiendo una defensa contra predadores. Por esto, el tronco de los cactus es verde (casi siempre), ahí convierten la energía solar en química y su forma tubular les permite captar la luz desde cualquier ángulo. 

 Esta forma también les permite almacenar mucha agua: hasta el 90% de su peso. Lo que significa que un Saguaro grande puede acumular una tonelada de líquido, o 1,018.32 litros. 

Como las lluvias son tan escasas en el desierto el suelo no alcanza a mojarse mucho, pero las raíces de estas plantas están muy cerca de la superficie y son muy delgadas, así que pueden absorber desde las primeras gotas y no necesitan mucha energía para crecer, por lo que en una buena época pueden extenderse un par de metros y después secarse sin perjudicar al organismo. 

En el desierto la sequía es inevitable, por lo que los cactus también han desarrollado estrategias para reaccionar ante ella. Su tronco tiene pliegues llamados costillas, cuando no hay agua disponible y la planta empieza a secarse, éstas permiten que reduzca su volumen sin lastimarse. Y, cuando vuelve a llover, el cactus puede capturarla y ensancharse sin problema, como origami. 

Muchas otras plantas han desarrollado adaptaciones al desierto: el Mezquite tiene raíces profundísimas que llegan hasta mantos acuíferos; la Rosa de Jericó puede secarse completamente y permanecer así años, pero cuando se humedece recobra su verdor en pocas horas; la Dudleya de Britton tiene la cera que mejor refleja los rayos UV entre todas las plantas; la Lechuga de Gis (otra Dudleya) recubre el suelo debajo de ella con una cera gruesa que evita que el agua se evapore y así poder absorberla mejor. 

Estas plantas, junto con los cactus, se llaman xerófilas, o sea que les “gustan” los ambientes secos y se han adaptado a ellos. Como ellas también hay mamíferos, reptiles, aves, anfibios, insectos, bacterias, hongos y algas “amantes” de lo seco. Estos, igualmente, han desarrollado características, a través de los milenios, que les permiten vivir ahí. Ese es el problema con el desierto, si no estás acostumbrado a él, es difícil vivir ahí. Pero, desde la sombra, con suficiente agua y protector solar, se puede ver su encanto. 

José Gotés Cano

Foto de Swifant, Salar de Uyuni en el altiplano de Bolivia. 

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